La Primavera Z y los Tiempos de Revolución

Gary Ayala Ochoa
Gary Ayala Ochoa
Director del Diario el Minuto | Perú

La Primavera Z y los Tiempos de Revolución

En los ámbitos de los poderes Ejecutivo y Legislativo del Perú no se visibilizó debidamente al sector del 21% de la población que no tiene pasivos de lastre con el pasado, que construye su existencia sin el statu quo como sacra sociedad, que analiza al mundo en 40 segundos y decide, que valoriza su imagen digital antes que cualquier prejuicio moralista, que cree más en el influencer que en el político, y que tiene como hábitat a la comunidad virtual. Creer que podían someterlos como manada para obligarlos a entregar su dinero -a pérdida- a las AFP fue un error. Los zetas les recuerdan ahora aquella exclamación final: “¡Game over!”.

Los Z en la Revolución Francesa

La historia puede ser un espejo en el tiempo. En 1789, Francia tenía un poder monárquico que concentraba todo el poder. El clero y la nobleza eran sus aliados. Los burgueses y los campesinos eran los súbditos o la chusma que soportaba impuestos, carencia de libertades políticas y una gran desigualdad económica. La libertad de expresión era penada y un delito podía no existir según el origen social del que lo cometiera.

Ante las injustas condiciones sociales en Europa se había creado una corriente: La Ilustración. Sus fundamentos promovían: 1. Establecer la razón como base de la vida social y no a la costumbre ni a presiones culturales dominantes, 2. Colocar al ser humano como centro de la libertad, 3. Cultivar el conocimiento para la felicidad con educación y ciencia experimental, y 4. Instaurar a la tolerancia en la convivencia social. Esas ideas las tomaron nuevas y sufrientes generaciones francesas que dijeron ¡Basta!

Si bien, la asonada que movilizó al país galo en la gesta revolucionaria incluyó a todas las edades, un motor importante fue la generación ubicada entre los 20 y 30 años de edad que se desplazó en calles, plazas y sedes acometidas. Maximilien Robespierre, tenía 30 años de edad al estallar la revolución (1789), Jorge Danton, tenía igual y Camille Desmoulins, 29.

Los estudiantes de la Universidad de París organizaron muchas manifestaciones; también la juventud proveniente del sector de artesanos, comerciantes, tenderos y soldados fuera de servicio, todos golpeados por la pobreza; incluso, los burgueses -en su afán de contar con reformas políticas para su calidad de vida- se sumaron.

La mañana del 14 de julio de aquel año más de 100,000 personas invadieron el Hôtel des Invalides para conseguir armas; luego, un contingente de menos de mil personas asaltó la prisión La Bastilla donde mató al alcaide y a un político. Dicho acto marcó la revolución.

Muchas mujeres jóvenes -sin derechos políticos como votar- acompañaban las jornadas donde distribuían propaganda. La lideresa, Pauline Léon, tenía 21 años cuando tomó La Bastilla, así fundó la Sociedad de Ciudadanas Republicanas Revolucionarias por los derechos de la mujer junto a la actriz, Claire Lacombe, tres años mayor que ella. Théroigne de Méricourt, fue otra activista de la revolución quien también luchó por los derechos de la mujer y la igualdad social, tenía 27 años en la fecha del asalto a La Bastilla.

Los adolescentes menores de 18 años de edad participaban como tamborileros, mensajeros, vociferadores de consignas y portadores de alimentos. François-Pierre Deschamps, tenía 16 años cuando participó en la toma de La Bastilla. Un símbolo de heroísmo lo representó, Joseph Bara, de 14 años quien murió en combate en 1793.

La Generación del IA

Las características de los peruanos nacidos entre 1997 y 2010, están analizadas, desde sus digitales y colectivos rasgos psicológicos hasta su condición de ciudadanos sui géneris frente al devenir de su sociedad. Constituyen esa quinta parte del país con el vigor suficiente para asumir tensiones como el enfrentamiento social frente a quienes atenten contra su devenir existencial y progreso; mejor aún, cuando recibe estímulos para activar su juvenil adrenalina frente a la autoridad de un hediondo sistema que les resulta adverso.

La generación Z tiene un lugar privilegiado en la escena, representa una antítesis de valores ante un Gobierno nacional que comparte simultáneamente con el Congreso de la República casi el 98% de desaprobación de la población peruana, situación que connota su crítica percepción sobre la representatividad y rol democrático de aquellos poderes del Estado.

Ningún joven en su sano juicio puede ser feliz ante un recorte de ingresos “por aportes para jubilación” desde sus 18 años de edad para que luego de supuestos 20 años ininterrumpidos de trabajo pueda recibir el equivalente a 170 dólares mensuales equivalentes al año 2025. Si más del 75% de la economía del Perú se mueve en la informalidad y nadie puede asegurar ingresos sostenidos durante dos décadas aquella figura es surrealista. La ley conocida como Modernización del Sistema Previsional Peruano solo tiene un ganador: La AFP.

Pero, los zetas no solo rechazan la ley previsional, condenan la inseguridad del país, el sicariato, la extorsión, la trata, el flagelo del crimen. Cifras oficiales registran que en menos de tres años del último gobierno se han cometido 5,196 homicidios, 67 de ellos contra menores de edad durante el 2025. Repudian la corrupción, lo cual cuesta US$ 6,571.430 millones cada año y que pagan todos los ciudadanos de a pie. Y rechazan más.

Lo sucedido en Indonesia (agosto) donde la juventud encendió su indignación ante el aumento de sueldo de parlamentarios y la muerte de un joven atropellado por un vehículo policial fue una demostración de poder generacional. El hashtag #IndonesiaGelap fue suficiente para que millones de usuarios se organicen como protesta. La reacción de los jóvenes en Nepal frente al cierre de plataformas digitales que hicieron caer al primer ministro es otro ejemplo de este poder garzón no tomado en cuenta.

La violencia no es el mejor camino para construir un nuevo orden, pero la incitación puede provenir desde quien gobierna. La generación que construye con IA sus escenarios y avizora su mundo ideal más cerca y sin ataduras lo ha advertido con el símbolo de One piece. El mejor campo de batalla para la generación Z no es la plaza pública, son las redes, esa es su fortaleza. Con su facultad electoral, ya tienen el perfil de quiénes no deben gobernar.

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