Albania: La gran desconocida

Todavía conservo en mi poder el pasaporte español que mi emitieron en 1974, cuando tenía diez años de edad, con motivo de un viaje que efectuaríamos a Roma, los miembros del coro del colegio, al que pertenecía, para cantar ante el Papa Pablo VI en la basílica de San Pedro, las Navidades de ese mismo año, junto con otros coros de distintas escuelas, venidos de todos los rincones del mundo.

En el pasaporte en cuestión se indicaba que el mismo era válido para todos los países del mundo excepto para Albania, Mongolia Exterior, República Democrática de Vietnam, República Popular de Corea y la U.R.S.S. 

La lista de países que los españoles tenían vetado visitar se había ido reduciendo considerablemente con el paso de los años, a medida que el régimen franquista se encaminaba hacia su fin.

Recuerdo además que en la escuela nos hablaban de un país europeo y mediterráneo en el que las religiones habían sido totalmente prohibidas y los lugares dedicados antaño al culto transformados en centros de ocio o, simplemente, destruidos y que se había construido, incluso, un museo a favor del ateísmo.

Para mí, un niño que vivía en la España católica de Franco, todos estos relatos me resultaban totalmente sorprendentes y fascinantes a la vez, por lo que soñar en ir a la Albania prohibida, se convertiría en una más de mis fantasías juveniles.

Los dirigentes de la República Socialista Popular de Albania se consideraban comunistas “puros” y estaban tan convencidos de ello que no dudaron en provocar la ruptura de relaciones con la propia URSS y abandonar el Pacto de Varsovia, del cual Albania era miembro fundador, en plena Guerra Fría,  privando a los soviéticos de sus bases navales que mantenían en las costas adriáticas,  pues acusaban a éstos de haberse apartado de las doctrinas estalinistas. Años después harían lo mismo con la República Popular de China, cuando las autoridades chinas, con Mao a la cabeza, se entrevistaron con Nixon e iniciaron relaciones cordiales con los EEUU, sumiendo a los albaneses en un férreo aislamiento internacional y padeciendo los efectos de una autarquía.

Albania era un país que desde un principio me llamó la atención, pues era totalmente consciente de que aunque quisiera y pudiera, no podría ir a visitarlo.

Enver Hoxha era el dirigente máximo de dicho país y el promotor de toda esa locura estalinista acérrima.

Era tal su paranoia que no dudó en invertir millones de lekë en la construcción de búnkeres por toda la geografía albanesa pues, estaba convencido, que su paraíso genuinamente comunista iba a ser invadido y aniquilado en cualquier momento por fuerzas extranjeras ya fueran yugoslavas, soviéticas o de la mismísima OTAN.

Se calcula que Hoxha hizo construir ni más ni menos unos 750.000 búnkeres por toda Albania. Ya se sabe que los dictadores son proclives a la megalomanía, pero lo de los búnkeres salvadores del pueblo comunista albanés creo que es uno de los más esperpénticos y absurdos que se han realizado jamás.

Y así estuvo el pueblo albanés sometido a los caprichos psicóticos del dictador durante décadas.

El camarada Hoxha murió en 1985 a los 76 años de edad y, como otros dictadores, falleció ostentando el poder sin rendir cuentas a nadie por sus actos.

Tres años después de su muerte era inaugurado en Tirana, cerca de su residencia, en el barrio de Blokku,  el museo que llevaba su nombre y el cual estaba ubicado en un edificio creado, no podría ser de otra manera, en forma piramidal.

El régimen sobrevivió, todavía, seis años más después de la desaparición del líder,  hasta que en 1991 se instauró el multipartidismo, surgido tras un año de graves protestas populares acaecidas por todo el país, que provocaron, entre otros actos, el derribo de la colosal estatua dorada de Hoxha que estaba ubicada en la plaza Skandeberg, en el centro de Tirana, junto con la del héroe albanes del siglo XV que da nombre a la propia plaza, por lo que el “museo pirámide” para ensalzar las virtudes del “faraón rojo” Hoxha, dejó de tener sentido y después de tener distintos usos, está hoy en día abandonado y en un estado totalmente lamentable.

Con la caída del comunismo estalinista al estilo Hotxha, por llamarlo de alguna manera, salieron a la luz todos los crímenes y abusos perpetuados por el régimen.

Así se hizo visible que en el “maravilloso” mundo comunista albanés existían campos de concentración donde eran recluidos los opositores políticos o las personas que simplemente habían osado intentar escapar del “paraíso” de Hotxha y habían tenido la desgracia de ser capturadas, o aquellas que habían sido acusadas de haber hecho alguna crítica al sistema, o habían sido descubiertas por practicar en secreto su religión o, simplemente, por quejarse de las condiciones laborales o de la precariedad de las viviendas, por ejemplo.

También los ciudadanos de Tirana se sorprendieron cuando por fin pudieron acceder libremente  al barrio de Blokku que hasta entonces les estaba vetado, pues era donde vivían  los altos dignatarios con Hotxha a la cabeza y pudieron observar, con sus propios ojos, las villas y mansiones de los camaradas dirigentes, las cuales eran todo lujo y derroche,  mientras el pueblo vivía en condiciones de extrema austeridad. 

Cosas de la vida. Actualmente Blokku es el barrio de moda de la capital albanesa. En él están los mejores restaurantes y tiendas más lujosas a los que los albaneses pueden ir y disfrutar siempre, eso sí, si sus bolsillos se lo permiten.  

Hace unos días que cumplí mis deseos y pude visitar por fin Albania.

Entré por carretera a través de la frontera con Montenegro. El control de policía fue rápido y enseguida me adentré en tierras albanesas.

Ansioso por encontrar rastros de la época de Hotxha en menos de diez minutos ya los vi justo al lado de la carretera. El primer bunker de los muchos que vería por el camino. 

La primera ciudad que visité fue Shkodër y lo primero que se me pasó por la mente, cuando contemplé la enorme mezquita de Al-Zamil que se levanta majestuosamente en el centro de dicha población, recibiendo a multitud de fieles, es:  “Ay si Hotxha levantara la cabeza”. Esta expresión que me vino repentinamente a la mente se repetiría muchas veces más durante toda mi estancia por tierras albanesas.

La vida que encontré tanto en las pequeñas poblaciones como en Tirana me sorprendió enormemente, pues esperaba encontrarme a un pueblo triste y agotado después de tantas décadas de sufrimiento. Todo lo contrario. Se respiraba ansias de progreso y de superación. El ambiente en sus calles es increíble.  

En Tirana contrastaban los fríos edificios y grandes avenidas que la Italia fascista construyó durante su ocupación en la Segunda Guerra Mundial para sus actos y desfiles propagandísticos y que los comunistas albaneses luego no dudaron en apropiarse y darles la misma utilidad,  con el ambiente popular y colorido que existía. Todo un espectáculo digno de ver.

Es indudable que un sector mayoritario del pueblo albanés, después de veinticinco años en que se finiquitó la dictadura comunista, ha abrazado ciegamente los valores occidentales, especialmente los representados por los EEUU. Eso se palpa en el mismo ambiente. Y se entiende fácilmente. Después de un periodo histórico oscuro se tiende a buscar el otro extremo, pensando que será mucho mejor que el anterior, es simple reacción.

No es raro ver banderas estadounidenses en los balcones de casas particulares, en comercios, coches, taxis, sino también en edificios públicos, junto con la enseña albanesa y también, a menudo, acompañándola junto la bandera de la Unión Europea e incluso, ocasionalmente la de la propia OTAN. Toda una declaración de intenciones.

Y EEUU lo sabe. Solo hay que ver la inmensa embajada que los estadounidenses han construido en la capital.

También una de las calles principales del centro de Tirana lleva el nombre del propio presidente estadounidense George W. Bush, la cual fue así designada con motivo de la visita oficial que el mandatario de EEUU realizó al país en el año 2007 y que fue acogido, tal como se hicieron eco, en su día, todos los medios de comunicación internacionales,  como un auténtico héroe. 

Tirana con sus nuevos edificios y rascacielos de diseño, avenidas, estatuas de la madre Teresa de Calcuta, catedrales ortodoxas y mezquitas que se van construyendo sin parar, es prueba de que las ansias de superación del pueblo albanés no tienen límites. 

“Ay si Hotxha levantara la cabeza”.

Alberto Maestre Fuentes

Doctor en Historia por la Universidad de Barcelona